Tabasco hoy suena con un eco de nostalgia, la cultura chontal perdió a uno de sus pilares más firmes: el maestro Crescencio Arias Sánchez. A los 86 años, el hombre que convirtió el latido del tambor en el pulso de su pueblo falleció en su natal Nacajuca, dejando tras de sí un vacío que solo podrá llenarse con la música que él mismo se encargó de sembrar en las nuevas generaciones.
Originario de Guaytalpa, Don Crescencio no fue solo un músico; fue un guardián de la danza y la flauta de carrizo. Su viaje comenzó a los 13 años, cuando el sonido de los maestros mayores despertó en él una vocación que lo acompañaría por más de siete décadas. Sin partituras ni teorías complejas, su aprendizaje fue empírico, de oído y corazón, respetando la tradición oral que define a los pueblos originarios de la Chontalpa.

La familia Arias ha sido, por generaciones el linaje protector del Baila Viejo (k’ojo’ble’) esta danza ritual, que agradece las cosechas y honra a los ancestros, encontró en el a su intérprete más fiel. Su ejecución de los sones no era solo entretenimiento; era un acto de resistencia cultural, una forma de mantener vivo el idioma y la cosmogonía yokot’an frente al paso del tiempo y la modernidad.
Como formador, el maestro Arias Sánchez rompió las barreras del aula tradicional, su método era la comunidad misma. Enseñó a jóvenes de diversos poblados de Nacajuca no solo a tocar, a fabricar sus propios instrumentos. La manufactura de tambores de madera y flautas de carrizo era, para él, un rito sagrado donde el artesano se conecta con la materia prima de su tierra.
La música de los tamborileros en el estado es una manifestación artística única en México, resultado de un sincretismo profundo entre las raíces indígenas y las influencias africanas y españolas. Fue un virtuoso en la interpretación de melodías inspiradas en la naturaleza, como los cantos de las aves, transformando los sonidos del zanate o la tutupana en piezas maestras de la música autóctona.
El legado de los tamborileros de Nacajuca es hoy Patrimonio Cultural Inmaterial, esta música se distingue por el uso de dos tipos de tambores: el «macho» (grande y de sonido grave) y la «hembra» (pequeño y agudo), acompañados por la flauta de carrizo de siete agujeros.
En las festividades de San Isidro y en las posadas de diciembre, la presencia de Don Crescencio era garantía de alegría y espiritualidad. Su música acompañaba lo mismo el rezo que el zapateado, demostrando que en el mundo yokot’an, lo sagrado y lo festivo caminan de la mano. Su agrupación, «Arias y su nueva generación», se convirtió en el estandarte de esta dualidad cultural.
En espacio culturales y diversas instituciones han expresado su pesar por esta pérdida, sin embargo recalcan que el maestro no se ha ido del todo. Su figura representa a los verdaderos guardianes de la memoria sonora. La trascendencia de su obra radica en la transmisión «de oído a oído» este sistema de enseñanza permitió que jóvenes que hoy son adultos sigan ejecutando los sones-danza con la misma mística que hace cien años.
El linaje continúa, sus hijos y nietos, tamborileros y danzantes, tienen ahora la misión de portar la estafeta. A los 86 años, el maestro ha dejado de tocar el tambor en la tierra para unirse al coro de los ancestros, su legado permanece en cada golpe de cuero, en cada soplido de carrizo y en la mirada de los niños del municipio que hoy, inspirados por él, sostienen un tambor con orgullo.
Su obra seguirá sonando como un homenaje permanente a la resiliencia de los pueblos yokot’an.




