En el corazón vibrante del estado de Tabasco, la música de los tamborileros se alza como uno de los pilares más profundos e indisolubles de la identidad chontal. Esta manifestación sonora, profundamente arraigada en las comunidades de Nacajuca —como la Ranchería Belén y San Isidro en su primera sección—, trasciende el mero entretenimiento para convertirse en un vínculo vivo con el pasado ancestral.

A través de la cadencia de los tambores y el agudo soplar de las flautas de carrizo, cada ejecución evoca la memoria de los pueblos originarios, convirtiendo las festividades, los rezos decembrinos y las celebraciones patronales en espacios de comunión, alegría y profundo respeto por las raíces culturales de la región.
El linaje de la familia Arias y el arte de la manufactura tradicional
La preservación de este patrimonio musical recae en familias guardianas de la tradición, cuyo ejemplo más notable es la dinastía encabezada por don Francisco Arias Martínez junto a Pedro Arias de la Cruz, un legado que honra la memoria de don Crescencio Arias Sánchez, quien falleció el 16 de enero de 2026. En su taller y comunidad, don Francisco desempeña una labor titánica al enseñar de manera integral la manufactura de los instrumentos, ganándose con orgullo el nombramiento de ni cheraj joben («El que hace tambores») y ni cheraj pitu’ («El que hace flautas»).

Con una maestría heredada por generaciones selecciona los materiales disponibles en el entorno para dar forma a los tambores y flautas que darán voz a los sones, transmitiendo este oficio y su correcta ejecución a las nuevas generaciones de poblados tabasqueños sin necesidad de recurrir a complejos manuales teóricos, confiando plenamente en la fuerza de la memoria y la práctica cotidiana.
La anatomía sonora: técnicas, posturas y el estilo de la flauta chontal
La ejecución instrumental de los tamborileros responde a una técnica rigurosa y tradicional perfectamente estructurada, el tambor chico o requinto se coloca sentado sobre la pierna y se abraza con los brazos; mientras una mano marca el acompañamiento de la danza, la otra ejecuta las llamadas «comas» o pausas rítmicas esenciales para dotar de dinamismo a la melodía.
Por su parte el tambor grande, de dimensiones moderadas para privilegiar su sonoridad sin perder la comodidad al tocar sentados, se percute empleando una baqueta para los golpes fuertes del ritmo y otra para realizar un contraataque sutil conocido igualmente como «coma». En cuanto al característico carrizo chontal, los músicos emplean el distintivo estilo de tres dedos en la parte inferior una técnica ideada para imitar con precisión milimétrica el canto de las aves, logrando así que la flauta dialogue de manera armónica con la naturaleza.
Sones ancestrales, la Danza del Bailaviejo y el relevo generacional
La gran mayoría de los sones interpretados por los grupos tradicionales —como aquellos resguardados por los entusiastas ejecutantes de Tucta, donde familias enteras y nietos de legendarios maestros como Fernando Hernández Isidro continúan ensayos y sones cada semana— carecen de un título formal, pues fueron compuestos por antepasados hace muchas generaciones.
Su inspiración bebe directamente del entorno natural, imitando aves como «El zanate» o «La tutupana», o bien brotando de la inspiración espontánea del compositor. Esta música da vida a imponentes expresiones como el k’ojo’ble’ o la Danza del Bailaviejo, un misticismo escénico que se niega a desaparecer.
Hoy en día, ver a los niños de la comunidad involucrarse en estas interpretaciones como un juego anticipa el relevo generacional que mantendrá encendida la llama de esta entrañable tradición tabasqueña en los años venideros.
Foto de Alejandro Cruz Pérez



