Imágenes filmadas por el aficionado Fermín Revueltas Peralta rescatan la arquitectura original, la fauna silvestre y la visión primigenia del poeta Carlos Pellicer Cámara en el corazón de Tabasco.
El hallazgo documental que revive la historia tabasqueña
VILLAHERMOSA, TABASCO. — Un valioso testimonio fílmico ha salido a la luz para ofrecer una mirada nostálgica y profundamente ilustrativa sobre los primeros años de existencia del Parque-Museo de La Venta. Este invaluable material audiovisual es obra del señor Fermín Revueltas Peralta, un apasionado aficionado a la cinematografía quien, durante la década de 1960 y mientras realizaba sus estudios en el Instituto Politécnico Nacional (IPN), recorrió con su cámara diversos rincones del sureste mexicano. El documento fílmico —compartido generosamente por el hijo del realizador— no solo constituye una joya de la memoria histórica de Tabasco, abre una ventana única para analizar de manera detallada las profundas transformaciones arquitectónicas, paisajísticas y museográficas que ha experimentado este emblemático recinto cultural a lo largo de más de seis décadas.

La entrada histórica y el enigma de su denominación
El recorrido visual inicia permitiendo apreciar la infraestructura original del parque, cuya entrada principal se ubicaba estratégicamente sobre los márgenes de la actual avenida Adolfo Ruiz Cortines (Carretera Federal 180). Inaugurado oficialmente el 4 de marzo de 1958, el museo fue concebido como un santuario al aire libre destinado prioritariamente a albergar, proteger y difundir el imponente acervo escultórico de la civilización olmeca traído desde la antigua ciudad prehispánica de La Venta, en el municipio de Huimanguillo.
Tesoro audiovisual inédito: Un viaje en el tiempo al Parque-Museo de La Venta en la década de 1960
Un detalle de singular relevancia histórica es el letrero de acceso observado en la cinta, donde se leía claramente la inscripción «Parque-Museo de La Venta», elaborada con letras delgadas de hierro. Con el correr del tiempo y tras diversas intervenciones institucionales, el nombre mutó ligeramente a Parque-Museo «La Venta». Aunque el cambio parece superficial, historiadores señalan que ha generado una confusión persistente entre generaciones de visitantes quienes asumen erróneamente que el museo es el sitio exacto donde se descubrieron las piezas, cuando en realidad se trata de un ecomuseo diseñado exprofeso por el poeta Carlos Pellicer Cámara para su salvaguarda y contemplación.

El concepto ecológico de Carlos Pellicer: Fauna y chozas tradicionales
En las imágenes de los años 60 destaca el concepto integral impulsado por Pellicer, quien concibió la presencia de la naturaleza como un elemento vivo inseparable de la experiencia olmeca. El paisaje de la época estaba dominado por chozas con paredes de madera y techos de guano tradicional, integradas armoniosamente entre densas extensiones de vegetación autóctona y pastizales que asombraban a los turistas de la época.
Asimismo, el registro documenta el muestrario zoológico original ideado para recrear el hábitat selvático precolombino:
- Especies en habitáculos: Se aprecian espacios destinados al resguardo de armadillos (Dasypus novemcinctus), tepezcuintles (Cuniculus paca) y puercos de monte (Dicotyles tajacu), además de un serpentario especializado.
- Espacios abiertos y acuáticos: En sectores ampliados de la laguna convivían cocodrilos de pantano (Crocodylus moreletii) y juguetonas nutrias (Lontra longicaudis annectens), a la par que hombres remando en pequeñas embarcaciones ejemplificaban la convivencia armónica entre el ser humano y el entorno natural.
- Libre pastoreo: El ecomuseo permitía la circulación libre de venados cola blanca (Odocoileus virginianus), mientras en la copa de los árboles habitaban los monos saraguatos (Alouatta pigra), todo complementado por un jardín botánico con la flora más representativa de Tabasco.
De la pátina del tiempo a la conservación científica del acervo olmeca
Otro de los aspectos técnicos más sobresalientes expuestos en la cinta de Revueltas Peralta es el estado físico que presentaban las esculturas monumentales en sus primeros años de exhibición. Los monolitos padecían una densa colonización de microflora —principalmente líquenes y micromusgos— y una coloración oscurecida por la permanente humedad del ambiente tropical tabasqueño.


Esta apariencia «salvaje» de la piedra se mantuvo hasta mediados de la década de 1980, cuando el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en estrecha colaboración con el Gobierno del Estado de Tabasco, ejecutó un ambicioso plan de restauración y conservación preventiva. Mediante técnicas especializadas, los expertos lograron retirar la capa vegetal de los monolitos y los recolocaron sobre bases de concreto impermeabilizadas para evitar la filtración de humedad por capilaridad, sentando un precedente histórico en el cuidado del patrimonio arqueológico monumental en México.





